martes, 12 de agosto de 2014

La manzana de la Discordia





Pues resulta que había una ciudad muy grande en lo que hoy sería la Turquía asiática, pero ni aun había señores con bigote y cachimba, ni mujeres riéndose a carcajadas como protesta. Se llamaba Troya (sin coñas). Mandaba un tipo que se llamaba Príamo. Pues este tenía un hijo llamado Héctor, (Eztor pa los colegas) que era muy chulo y valiente. Príamo dejó otra vez preñada a la parienta, pero en un sueño le dijeron que el hijo que iba a tener sería la ruina de su ciudad. Más o menos se convertiría en Concejal de Urbanismo. Pues no se le ocurrió otra cosa que mandarlo a matar tal cual naciera. Ahí, como la madrastra de Blancanieves. Pero como suele ocurrir, el que se lo llevó no se atrevió y se lo dejó a unos pastores viejunos que no habían tenido hijos, para ayudarles con las vacas y eso.

Pues resulta que Paris (con acento en la “a”), que así le llamaron, creció y se convirtió en un muchacho mu guapo mu guapo. Como Justin Bieber pero sin peinado de casco. El caso es que todas las diosas y ninfas del Olimpo estaban que echaban calditos por él.

En una ocasión hubo un fiestorro en el Olimpo, como casi todos los sábados. Una boda. Habían invitado a todos los dioses, menos a una que era muy perra, Discordia.

Discordia llegó en mitad de la barbacoa entre rayos y truenos, y a pesar del mosqueo, dejó en la mesa una manzana de oro con una dedicatoria “Para la más bella”. Inmediatamente todas se lanzaron como harpías a por la manzana, no por que era de 14 kilates, sino por lo de que era pa la más macizorra. Al final se quedaron de los pelos Afrodita, Atenea y Hera.

Zeus se tuvo que meter pol medio, porque era padre, marido y amante de las chicas. El caso es que como no se ponían de acuerdo (perdón que me ría) decidió coger a un inocente para que diese su veredicto. Él como era inteligente, le pasó la pelota a otro. Apolo del tirón se fue al servicio. Ares dijo que era tarde. Hefesto, que se encontraba mal, que el vino le había hecho “hefesto”. Así todos los dioses se escaquearon. Zeus decide como buen dios, que quién mejor que un humano para hacer las cosas bien. O para que se comiera el marrón y si alguno quedaba aplastado como una colilla fuera el humano y no él. Se decidió que el más inocente era Paris. Por haber vivido todo el tiempo entre vaquitas, no estaba mal influenciado. Era tonto vamos.

Lo llamaron para hacer el juicio a la más bella y como tonto, accedió.

De pronto, y como algo raro e inusual, las chicas empezaron a visitarlo para ofrecerle, fíjate por donde, un regalo si la elegía a ella. ¡Ande se ha visto eso! Era como el Gürtel pero a lo bobo.

Hera le ofreció el éxito.

Atenea, la sabiduría.

Afrodita, los encantos de la mujer que quisiera.

¿Apostamos con cual se quedó Paris?

Tonto era, pero no lo suficiente como para saber que de vaquero poco éxito iba a tener como no fuera creando una ganadería como los Domecq.

La sabiduría, vale, no está mal. Pero donde se pongan dos buenas cachas, que se quiten las vacas. Que también estaría fritito el pobre.

 

Y dicho y hecho. Eligió a Afrodita. Y esta le ofreció un catálogo de señoritas, y a través de una nube pudo ver a las más bellas del lugar. Como eDarling. Y vino a fijarse en Helena, la mujer más guapa de entonces. Iba espabilándose el muchacho.

Pero Helena era ya la mujer de Menelao, no el del helao, sino el rey de Esparta. Y ya sabemos, todos los que hemos visto “300”, cómo se las gasta un rey de Esparta cabreao.

Yo creo que para entonces ya Hera y Atenea le habían hecho al pobre Paris un poco de puteo. Por no elegirlas. –Que no quieres éxito, pues toma, vas a triunfar de pleno. Que no quieres sabiduría, el más gilipollas. A fijarte en la mujer del tío más mosqueón de Grecia y además hermano del más cabrón, Agamenón de Micenas, enemigo de Troya. Tócatelos.

 

Pues así a lo tonto, dio comienzo la Guerra de Troya. Pero eso será para la próxima.


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