Hoy toca mitos celtas, concretamente de mi querida Irlanda.
Resulta que en la vieja Irlanda gobernaba un rey que se
llamaba Connor McNessa, de los McNessa de toda la vida. Y este rey tenía un
druida, como no podía ser menos, con barba larga y su hocino de oro. Pues pasó
que un día la hija del druida desapareció con cincuenta doncellas más. Buscaron
hasta en Ibiza por si se habían marchado de fin de curso a ponerse hasta el
culo de whisky, pero nada. total que cuando ya las daban por desaparecidas,
durante una cacería, a la que todos los reyes de todos lados son muy
aficionados, aparecieron unos pajaritos alegres y trinantes que les llamaron la
atención. Y mira por donde, que al seguirlos hasta los matorrales, se
convirtieron en las doncellas que habían sido raptadas por el dios Lugh. Las
tenía allí como si fuera don Jesús Gil y Gil, todas alrededor de la piscina. Para
eso era un dios. Y le apodaban Lugh el del largo brazo, así que… ojito.
Pues cuando el rey le pidió que se las devolviera, el dios
se puso farruco, y ya sabemos como las gastan los dioses. Déctera, que así se
llamaba la hija del druida, le pidió que al menos le permitiera llevarse a su
hijo pequeño. Que Lugh era dios, pero las semillitas valen igual o más que las
de cualquiera, y sin precauciones ya sabéis. Y accedió a que se lo llevaran,
que él aguantarlo llorando to las noches como que no.
Ya en casa, le llamaron Setanta, que quiere decir el
pequeñito. Ahí para crearle trauma. Setenta solo quería jugar al futbol, pero
como no se había inventado aún, se tuvo que aguantar jugando a una cosa
parecida al hockey hierba que los irlandeses llaman hurling. Y el chaval
destacaba. Era como Messi. Pequeñito pero con un toque de balón curioso. Se lo
rifaba el Belfast Hurling Club y el Real Armagh. Pero el solo jugaba en la masía
de Connor.
Ocurrió que cierto día (me pongo serio), el rey fue invitado
con todos sus caballeros, a un banquete que daba un herrero muy rico de la
zona. Cullainn tenía la fama de que nadie le robaba jamás. Tenía un perro…pero
un perrazo…un caballo con colmillos. Estaba amarrado to el día, pasando más
hambre que un caracol en un espejo, y lo soltaban de noche para que comiera
ladrones despistaos.
El rey le dijo a Setanta que lo acompañara para presentarle
al que iba a ser su sponsor. Herrerías Cullainn. Pero el pequeño Setanta dijo
que ahora iba ganando y que cuando pitaran el final ya iría. Como mi hijo
jugando a la Playstation más o menos.
Ya en el banquete, empezó a atardecer y Cullainn ordenó a su
criado el manco que soltara al bicho. Su criado hace dos días no era manco,
imaginad porqué. Pero Cullainn tenía criados a mansalva. Era rico joer. Compraba
esclavos como el que compra zapatos. Qué os voy a contar lo que somos los ricos
de desprendios.
Nadie se acordó de Setanta.
De pronto, cuando todo el mundo estaba reposando la cena al
calor de la chimenea, se oyó un ladrido aterrador. Cullainn dijo: “Mi chiqui ha
pillao a un ladrón, angelico”.
Hosti tú, Setanta. Eso pensaron todos. Rápidamente salieron
a buscar los cachitos del niño. Pero allí estaba él, sobre el perro moribundo. Por
lo visto, cuando el perro venía corriendo hacia él con la boca abierta, le lanzó
la pelota de madera que se le encajó entre los dientes. Mientras forcejeaba el
animalillo, se le acercó y le metió un cascamazo con el palo de hurling en tol
coco. Todos sacaron a Setanta a hombros como si fuera José Tomás en una buena
tarde que no lo haya sacao el toro por la enfermería. ¿Todos? Todos no. El herrero
estaba arrodillado ante su perro muerto. Todos callaron. Se jodió el sponsor
del equipo. Cualquiera le pedía dinero ahora al Cullainn.
Entonces Setanta se le acercó. “No gimas pobre herrero
atribulado –era repelentillo Setanta- Dame un cachorro y yo lo adiestraré para
que sea de nuevo tu guardián en aquestas tus tierras de paz y promisión”. Daban
ganas de darle una colleja ¿verdad?
El herrero le dijo: “¿Y en demientra? –porque era rico, pero
un poco borrico (me salen solas las rimas). Mis cosas quién me las cuida.”
“Dadme una lanza y yo defenderé cada noche tu casa, hasta
que el perro crezca, como si yo mismo fuera ese perro que yace ahí, desangrado
e inmóvil ante las atónitas miradas de los ímprobos caballeros que olvidaron a
este pequeño que aquí les habla”. Asco de niño, sí.
Y como así lo hizo,
defendiendo como un jabato la casa de Cullainn hasta que tuvo perro otra vez,
le llamaron “el perro de Cullainn”. Cú Chulainn en gaélico.
Y a partir de ahí comenzó su leyenda que merece ser contada
en otra ocasión más propicia…Ya se me ha pegao la tontuna del niño. Fin

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